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Lombán, la tía Adelita y Pelo Paja (III). José Antonio Borrego Suárez.

Relato: Lombán, la tía Adelita y Pelo Paja
Autor: José Antonio Borrego Suárez.

Ahora lo que me atrae de la laguna es su soledad, nadie pasa por aquí.

Regresé al pueblo a morir. Ante esto, no hay que subirse por las paredes, son cosas que pasan y no cabe otra. Ahora me está pasando a mí. La espero, a la muerte, digo, en casa de mi tía Adelita. Bueno, en mi casa, donde pasé gran parte de mi vida y no la menos importante.

He construido un chozo en la orilla de la laguna, paso todo el día sentado esperando y observando la quietud del agua. El chozo lo he hecho con cañas y juncos.

Estos días se me suelta la lagartija de la memoria. A Lombán también le pasaba y me anda removiendo el pasado. 

Algunos días me levanto con el propósito de coger cangrejos, pero la desidia me puede, estoy seguro que mientras viva no lo haré.

Recién llegado todos se agolpaban en derredor mía. Me pedían que les contara cosas de las tierras que visité durante los treinta y tantos años que navegué por los mares del mundo."Cuenta, Pelo Paja", decían. Y yo encantado les narraba mis viajes, creo que incluso alguna que otra vez les mezclé historias de los muchos libros que leí.

Sin embargo, les conté tanto que perdí las ganas, y la lagartija inquieta, que me recorría los escombros de la vida, la mía, se me transformó en topo, un gran topo que escarbó tan hondo que tropezó con el principio, con mi tía Adelita y Lombán. No es que les tuviera olvidados, siempre estuvieron ahí, presentes, pero estaban como detrás de una niebla, yo creo que esperaban que viviera mi tiempo, que lo recorriera.

Lo irónico, o lo extraño, es que vuelvan a la vida ahora y con tanta fuerza, cuando me muero. Quién sabe, quizá vengan a morir definitivamente ellos, también.

Mi tía protegió a Lombán, le echó cojones u ovarios, qué más da, cuando apareció aquel día frío en la puerta de casa, solicitando que le alquilara el granero.

Mi tía alquilaba el granero a los transeúntes que arribaban al pueblo.

- ¿Qué se le ofrece a usted?.

Y Lombán le contó quién era y qué quería. Mi tía le escuchó y, sobre todo, le miró a los ojos. Es lo que hacía para conocer a la gente o cuando quería pescarme las mentiras.

- Bien, si usted quiere por unas pesetillas más al mes podemos incluir la comida.

-Sí, contestó Lombán.

- ¿Tiene equipaje?.

- Lo dejé en el cuartelillo.

- Vaya por él, mientras le preparo el granero.

Aquel hombre alto y delgado como una caña, con unos ojos hundidos que parecían mirar a otro sitio, a un sitio lejano. Me impresionó.

Hoy estoy seguro de que mi tía tenía una cualidad que solo he encontrado en ella, que leía en los ojos de los demás la bondad y la maldad.

- ¿Estará mucho tiempo usted con nosotros?.

Y fue entonces cuando Lombán habló del destierro y de estar proscrito. Creo que esa fue la primera vez que se abrió el misterio para mí.

- Recoja el equipaje.

Cuando Lombán fue a buscar el equipaje mi tía  sentenció: "ese hombre es agua clara".

Eso pasó hace muchos años. Ya solo me queda contar la muerte de mi tía y de Lombán, antes de que me atrape a mí la mía.

Continúa en:

https://camposdelsur-literaturablog.blogspot.com/2020/07/la-muerte-lomban-iii-jose-antonio.html



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