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Ignacio Escañuela Romana

Lleva toda la mañana con el dichoso tango en su cabeza, “pagando antiguas locuras / y ahogando mi triste queja», tararea mentalmente, aunque no quiera, arrastrándose a través de pasillos y mesas, conversaciones y sonidos de crujidos y golpes, oídos que no escuchados, libros y alegaciones, sol y sombra por las ventanas laterales, futuros absurdos asomando por las esquinas más recónditas, la esperanza abandonada en algún vaso de café olvidado del principio, al levantarse con la sábana casi pegada.

Pagando, sí, se dice, pero ¿Qué locura? Ojalá fuese al menos eso y no el triste recorrido de repeticiones aburridas hasta la extenuación. Penas, sí, repite, las de vivir y no vivir al mismo tiempo.

Entonces, carecer de historia, “yo soy reo sin ambiente», recuerda, va el día de Gardel en ese viernes mustio y adocenado en el que agonizar a falta de vida.

De repente, siente la lucha con la luz que le asalta de fluorescentes tristes del pasillo, del ocre de losas colocadas allí para andar sin desplazarse, para respirar sin aire. Como triste ejemplo de lo que es y ha sido, de la falta de pecados, la expresión de un uno mismo vacío, el rebote contra el hecho desnudo, la frente, sí, vaya con el tango, responde para sí, marchita…

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