Ignacio Escañuela Romana Julio 2024 En aquellos días veraniegos, cuando la amargacea comenzaba a soplar, a veces vientos de marea, otros de solano, como decididos por un daimonion socrático, amaba él pasear largamente. Escucharía con curiosidad el sonido del roce de los zapatos con la arena en el camino, mientras recordaría días pasados al alba. Ya en la senectud, había dejado de ansiar la lucha con molinos, la gloria y la fama, y recordaba simplemente. Comprendía que por primera vez observaba en silencio, sentía en su interior lo percibido, disfrutaba con el hecho de ser hombre y tener limitaciones. No era una felicidad, lo sabía, pues incluso había dejado de luchar por esa quimera. Pero sí tenía la intensa sensación de observar el mundo, como nunca antes, como era. No se hacía ilusiones de veracidad, sabía que todo lo modificamos para verlo a nuestra forma. Incluso aquella forma interior había sido oscurecida por los afanes, la ambición de conquistar el mundo. Le había costado mucho...
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